Los sucesos ocurridos en la primera semana del 2026, llevan a replantear y a reconsiderar los asuntos que tienen que ver con la identidad política colombiana en un momento de quiebre histórico. ¿Nos encontramos ante un cambio de paradigma? la soberanía pasó de ser un concepto abstracto de cancillería a convertirse en un sentimiento popular de dignidad, al que sin duda los y las colombianas no experimentábamos, por lo menos, yo nunca la había sentido así.
Durante
décadas, la política exterior colombiana se movió bajo la doctrina del Respice
Polum (mirar hacia el norte), que en la práctica se tradujo en una
subordinación que rozaba el servilismo. Lo sucedido ayer es un triunfo no solo
de la diplomacia sino una reconfiguración de como los y las colombianas nos
vemos y sentimos frente al mundo, en momentos de una cambio radical de la geopolítica
mundial, en donde la democracia está en juego y junto con ella el multilateralismo y la cooperación internacional.
Resulta
revelador, y a la vez indignante, ver a figuras como la senadora Lina Garrido y
otros senadores y sectores de la extrema derecha, incluido los medios de
comunicación y empresas infirmativas, clamar por una intervención extranjera.
Al pedir "bombardeos" o incursiones contra su propio país, han dejado
al desnudo una verdad incómoda: para cierta clase política, la democracia solo
es válida mientras ellos ostenten el poder. Si no son ellos quienes gobiernan,
prefieren ver las instituciones reducidas a cenizas por fuerzas foráneas. Esta
postura no solo es "arrodillada", es una claudicación ética ante la
idea de nación.
Colombia
amaneció hoy con una sensación de alivio que la oposición no sabe cómo
procesar. La extrema derecha se ha quedado sin piso porque se olvidó de un
detalle fundamental: el pueblo colombiano tiene memoria y dignidad. Al
alinearse con el intervencionismo, la oposición no solo perdió el debate del
día; podría haber perdido su brújula de cara a las elecciones de mayo. En 2026,
parece que los colombianos ya no quieren gobernantes que pidan permiso en
Washington para existir, sino líderes que se hagan respetar en cualquier mesa.
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