Dos hechos me llevan a
reflexionar sobre la distopía colombiana. El primero de ellos muestra un
desayuno familiar, en medio, un expresidente y senador de la república exhibe un
costoso equino; el hombre se ve feliz, tranquilo mientras abraza y besa al
animal.
No hay problema con
ello, dirían algunos, es un tipo cariñoso. Pero que no se olvide que no es un
tipo cualquiera, es un representante del Estado Colombiano y miembro del
partido de gobierno, además. La pregunta es, ¿qué mensaje envía el senador con
estas imágenes en medio de una desgarradora realidad de hambre y muerte por la
crisis actual?
El segundo hecho ocurrió
la semana pasada, cuando en los medios de comunicación fue público el nombre de
Edy Fonseca, celadora de un exclusivo edificio al norte de Bogotá, quien tuvo
que ser trasladada a un hospital tras presentar un cuadro diabético grave y parálisis
facial. La señora dijo a las autoridades que llevaba un mes siendo obligada a
laborar sin descanso, sin poder salir y sin ver a su familia.
Y si bien la definición
de distopía hace referencia a “una sociedad ficticia y futura…” (RAE), también
se trata de una sociedad no deseada o negativa. Lo cierto es que esta no se
aleja de la realidad colombiana, en donde los derechos y la dignidad humana
carecen de sentido y que por lo tanto deberían llevarnos a una reflexionar
sobre qué tipo de sociedad somos o queremos ser.
Estos actos carentes de
sentido solidario, se manifiestan algunas veces de forma sutil, otras de manera
contundente y sin vergüenza, por parte de quienes se supone tienen más
privilegios en educación e información, pero que paradójicamente actúan de
manera contraría, sosteniendo sus privilegios sobre los hombros de miles
personas que perviven con precarios salarios o en la informalidad y que hoy
gracias al COVID – 19, están más vulnerables y por lo tanto deben ser acogidos
con un sentido de respaldo y humanidad.
Producto de lo que una
creería “normalidad social” de la gente de bien, Edy Fonseca terminó encarnando
la humillación y el sometimiento laboral a cambio del beneficio de sus patronos
y de los habitantes del edificio quienes callaron los degradantes actos.
De este modo y con un
cinismo que también se ha normalizado, la clase política y privilegiada
demuestra cada vez más una desconexión con el país aún en medio de la pandemia,
o tal vez un interés deliberado por el colombiano rural, campesino y trabajador.
Es decir, solo importa si sirve a sus intereses, ya sean electorales o
económicos.
¿Entonces, querríamos
volver a esta normalidad distópica colmada de personajes oscuros y sectores cuyo
poder es usado para maltratar al otro?
Después de la pandemia,
¿seguiremos siendo los mismos humanos alienados?, todo parece indicar que sí. Utopías
negativas seguiremos viendo en directo cada día gracias al internet. Tomen nota
y registren sus hechos distópicos en medio de este caos de información y de
control social. Pero, sobre todo, reflexionemos sobre ello.
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